Comentario
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Federalismo y autonomismo
Discurso pronunciado en las Cortes en la noche del 25 a 26 de Septiembre de 1.931 (NOTA: Diario de Sesiones. Legislatura 1.931-33. Tomo II, págs. 1.255 a 57) Siento vivamente prolongar todavía esta vigilia, y no sé si podré pronunciar con mediana sintaxis las palabras que tengo que decir, porque mi salud no es tan espléndida que después de una jornada fatigosa me permita llegar a esta hora con cierta plenitud fisiológica. Pero siento la imposición de un deber de conciencia al cual no he de dar expresión con caracteres externos de patetismo, pero que quiero que conste en el Diario de Sesiones; no puedo votar en pro de esa formulación del primer artículo constitucional. Esa cuestión de conciencia a que antes me refería no pesa sobre la porción del artículo en que se habla de "República de trabajadores". [...] Pero dejo esto a un lado. Es otra cosa aquello que me mueve los resortes últimos de mi conciencia para molestaros en tan grave momento; en un momento en que estais profundamente rendidos en vuestro físico y en que deseais, naturalmente, llegar a una definitiva conclusión de esta larguísima deliberación. Desde hace varios años, y con fatigosa insistencia, doy voces de alerta de que, pues venía sobre España, quisieramos o no, la necesidad de (en hora lejana que bien pronto ha venido ¿?) de una reforma profunda de nuestra vida pública, se corría el riesgo de que el pueblo llegase a ella sin poseer un repertorio claro de ideas sobre los problemas políticos. Yo he procurado con mi pluma (además facilitando la publicación de libros egregios de poder, de historia, de sociología) subvenir a este menester. No es, señores diputados, manía intelectualista. El menos intelectualista tiene que reconocer que somos en enorme dosis, la que sea, repertorio de ideas con que enfrontamos nuestra existencia en todos los órdenes. Recuerdo que un viejísimo libro de la India, tal vez el más viejo de la humanidad, el libro de los vedas compuesto por boyeros, dice: "ya que los hombres dependen de sus ideas, porque la acción sigue al pensamiento como la rueda del carro sigue a la pezuña del buey". No tenemos ideas claras, mis esfuerzos fueron vanos y no debo ocultar mi sincera convicción de que, en esta transformación profunda que hacemos, España padece de insuficiente preparación, no sólo en la muchedumbre, sino en nosotros mismos que aparecemos dirigiéndola o por lo menos representándola. No fue para mí una sorpresa grande, pero fue confirmación dolorosa ver que en uno de los temas más graves que nos plantea al presente el destino, el de la autonomía regional, existía una extrema confusión de ideas; y que, apenas comenzaba la campaña electoral, en la propaganda, en el mitin, en el periódico y hasta en esta misma cámara, se padecía, en general, una lamentable confusión entre ambos principios. Y esta confusión es gravísima, porque, cualesquiera que sean mis preferencias para unos u otros principios, corremos el riesgo, lo vamos a correr dentro de un instante, de decidirnos por el más radical, por un principio que va a reformar las últimas entrañas de la realidad histórica española, cuando el pueblo mismo ignora el sentido de esa tremenda reforma que en él se va a hacer. Esto es lo que yo lamento, lo que yo deploro y de lo que empiezo a protestar. Es preciso claridad sobre este punto. Bajo el nombre de federalismo no tengo para qué aludir al conjunto de pensamientos sustentados por Pi y Margall y el pequeño grupo de sus adeptos, ese federalismo, que no ha sido puesto al día desde hace 60 años, es una teoría histórica sobre la mejor organización del estado. Ni es tiempo ahora ni tengo yo porqué ocuparme de discutir teoría más respetable por la calidad de sus fieles que por el rigor y agudeza de su sistema; antes y por encima de ese federalismo está el hecho de la forma jurídica del estado federal que una vez y otra ha aparecido en la historia del derecho político mismo. A ese hecho de la forma jurídica del estado es a lo que me refiero cuando hablo de federalismo. Pues bien, enfrontándolo con el autonomismo, yo sostengo ante la Cámara, con calificación de progresión ascendente hasta rayar en lo superlativo, que esos dos principios son, primero, dos ideas distintas; segundo, que apenas tienen que ver entre sí; tercero, que, como tendencias y en su raíz, son más bien antagónicas. Conviene, pues, que la Cámara antes decida esta cuestión con plena claridad. El pueblo y la Cámara necesitan resolverse en esta cuestión tan grave con pleno conocimiento de causa en un mediodía de radiante claridad. El autonomismo es un principio político que supone ya un estado sobre cuya soberanía indivisa no se discute porque no es cuestión. Dado ese estado, el autonomismo propone que el ejercicio de ciertas funciones del poder público, cuantas más mejor, se entreguen por entero a órganos secundarios de aquel, sobre todo con base territorial. Por tanto, el autonomismo no habla una palabra sobre el problema de soberanía; lo da por supuesto, y reclama para esos poderes secundarios la descentralización mayor posible de funciones políticas y administrativas. El federalismo, en cambio, no supone el estado, sino que, al revés, aspira a crear un nuevo estado con otros estados preexistentes; y lo específico de su idea se reduce exclusivamente al problema de la soberanía. Propone que estados independientes y soberanos cedan una porción de su soberanía a un estado nuevo integral, quedándose ellos con otro trozo de la antigua soberanía que permanece limitando el nuevo estado recién nacido. Quién ejerza ésta o la otra función del poder público, cual sea el grado de descentralización es para el federalismo, como tal, cuestión abierta; y de hecho, los estados federales presentan en la historia, en este orden, las figuras más diversas hasta el punto que, en principio, puede darse perfectamente un estado federal y, sin embargo, sobremanera centralizado en su funcionamiento. Lo que importa al federalista es el subsuelo del estado; a saber, cómo quede formalizada la situación de soberanía. Puede, en principio, el federalista no inmutarse porque el estado superior asuma tal importante función del poder público siempre que quede claro que el origen de este poder y de todo su ejercicio depende de la soberanía dividida, plural y permanente de aquellos estados que se federaron. Me parece evidente que no era forzada la calificación con que yo afirmaba ambos principios. Es evidente que son distintos y tienen poco que ver entre sí; hablan de problemas diferentes. El federalismo se preocupa del problema de soberanía; el autonomismo se preocupa de quién ejerza, de cómo haya manera de ejercer en forma descentralizada las funciones del poder público que aquella soberanía creó. Pero también es evidente que en su raíz, como tendencias, son antagónicos. En efecto, la historia del federalismo ha representado siempre una corriente de concentración y es, en ese sentido, un movimiento de relativa desautonomía. No es, pues, indiferente en materia tangrave se juegue del vocablo y se presenten ante el pueblo trastocados y confundidos intentos tan dispares. Para los efectos de la historia de España no hay comparación entre todas las transformaciones posibles políticas y la menor modificación que afecte al subsuelo de la soberanía. Porque la soberanía, señores, no es una competencia cualquiera. No es propiamente el poder, no es ni siquiera el estado, si no que es el origen de todo poder, de todo estado y, en él, de toda ley. Es la soberanía la facultad de su raíz preestatal y prejurídica de las decisiones últimas o primeras, según el orden de que querais contar. Es, pues, el fundamento de todo poder, de toda ley, de todo derecho, de todo orden. Pero es al mismo tiempo y sin distinción la voluntad de una colectivida que lleva en brazos,a través de los cambiantes destinos políticos de un pueblo, toda la suerte de éste al correr de los siglos. Una soberanía unitaria significa, por tanto, la voluntad radical y sin reservas de la convivencia histórica. Escindir en trozos esa soberanía unitaria, entiéndase bien, no el ejercicio de las funciones de poder público. Escindir, digo, en trozos esa soberanía unitaria equivale a renunciar a esa voluntad de convivencia radical preestatal, dejarla dislocada, hacer que quede, cuando menos, condicionada. Quiero decir, soberanía, señores, en suma, que no se acepta por entero y sin cláusulas la comunidad de destino. Tan grave es escisión pareja que yo no sabría recordar si se ha producido en la época contemporánea. [...] Dislocando, digo, nuestra compacta soberanía fuéramos caso único en la historia contemporánea. Un estado federal es un conjunto de pueblos que caminan hacia su unión. Un estado unitario que se federaliza es un organismo de pueblos que retrograda y camina hacia su dispersión. Por eso señores, insisto en haceros notar que los problemas de soberanía pertenecen a una dimensión histórica radicalmente más profunda que todas nuestras restantes discrepancias, que todos los cambios de forma política y que se refieren a aquel subsuelo de la vida de un pueblo del cual depende todo lo demás. De ahí que yo, al ver que con tanta imprecisión, se ha planteado este problema ante el país, he sufrido día por día. Pues qué, ¿No me he encontrado que en mi propio discurso de extremo autonomismo me era representado por unos y otros oradores como un proyecto federal? Pues qué, en este mismo artículo que se nos propone votar ¿no se dice que la república española va a ser y será de tendencia federal que permita la autonomía de municipios y provincias como si para que fuera esto permisible fuese menester que un estado se convirtiese en federal? Evidentemente aquí hay gravísima confusión. No, no creo que sea esa la solución que demos a la autonomía de España. Es demasiado grande. Pero en fin de cuentas, todo esto que yo digo no son más que razones que, en definitiva, no significarían si no que yo considero la organización federal como arcaica y perturbadora de los nuevos destinos españoles; total, una opinión particular. Pero aquí no hemos venido a sostener tercamente opiniones particulares, hemos sido traidos aquí para colaborar en la forma de una constitución, y nuestro deber es no construirla, según la dibujaríamos si estuviésemos solos en España, si no al revés, supeditando nuestras preferencias íntimas a lo que el pueblo nuestro, dado su contextura y su momento, exije. Yo he votado ya y volveré a votar otras veces en contradicción con mis ensueños a beneficio y en pro de la necesidad nacional, de la realidad de nuestro pueblo. Pero por lo mismo hemos de tener gran cuidado; y además, habría yo de sentir entusiasmo federal de que por completo carezco y no me atrevería a votar ese artículo, porque, como he dicho, toda reforma de soberanía es de tal modo profunda, de tal modo grave, que no es lícito intentar si no estamos explícitamente seguros de que el pueblo español se da cuenta de la tremenda operación que vamos a realizar en él. Ni vosotros ni yo estamos en esta fecha seguros de que el pueblo español que se ha dormido esta noche dueño de una soberanía unida sabe, sospecha que al despertarse va a encontrarse su soberanía dispersa. No, eso no. Por ésto, aunque ya me habeis oido en otras ocasiones, que como decían los "yansenistas", no debe menudearse el plebiscito, precisamente por su vigor democrático, yo diría que si hay algún caso en que está plenamente justificado es en uno como este. Pero, como por razones otras innumerables es hoy el plebiscito imposible e inoportuno, lo que creo es que no podemos plantear la cuestión de la reforma de España, especialmente por el problema que nos trae Cataluña, en términos de soberanía, si no buscar un área menos estremecedora, pero mucho más ámplia; el área del más extenso, pero más estricto autonomismo. Ese área no tiene peligros de esa dimensión de subsuelo y ofrece un horizonte ilimitado de libertad, de esa libertad que nos pedía el otro día el señor Carnero. Un horizonte infinito de libertad y de holgura al movimiento. Ahí está, señores, la solución y no segmentando la soberanía, haciendo posible que mañana cualquiera región, molestada por una simple ley fiscal, enseñe al estado, levantisca, sus biceps de soberanía particular. Es muy grave, pues, lo que vais a decidir. Hoy vais a decidir no sobre problemas de instituciones por altas que sean, no sobre formas de gobierno. Vais a resolver sobre algo que representa la raíz cósmica, ultrajurídica y últimamente vital de la realidad de España; vais a decretar sobre soberanía. Yo os invito a que hagais acopio de responsabilidad, pues por mucha que acumuleis, será escasa en comparación de la que ahora, dentro de un poco, vais a gastar. Nada más. [Aplausos] |